1929-1932: Capítulo 13. El ejército y la guerra, de la Historia de la Revolución Rusa.
The History of the Russian Revolution fue escrita en ruso en el destierro de Trotsky en la isla de Prinkipo, mar de Mármara, Turquía. Iniciada por él en 1929 -en noviembre Alexandra Ramm recibió la primera sinopsis- y acabada el 29 de junio de 1932, en que envía a Alexandra Ramm el último Apéndice que cerraba el tercer volumen, aparece The History of the Russian Revolution. vols I-III, traducida por Max Eastman, en Londres 1932-33.
Este capítulo del libro de Lev Trostky "Istoria ruscoi revolutsii", está tomado de la edición en español "Historia de la revolución rusa", publicada por SARPE (Madrid) en 1985, utilizando la traducción de Andrés Nin, Lucía Gonzalez y Luis Pastor. Pags. 207-221.
Editado digitalmente para RED VASCA ROJA por Julagaray. Donostia, Gipuzkoa, Euskal Herria. 1 de julio de 1998.
Ver comentario de esta obra en nuestra Guía de Lecturas.
La disciplina dentro del ejército
se quebrantó ya considerablemente en los meses que precedieron
a la revolución. Las quejas de los oficiales con ya cosa
frecuente en estos meses: los soldados no guardan el debido respeto
a sus jefes; se observa en ellos una gran desidia en el cuidado
de los caballos, los bagajes e incluso las armas; se registran
desórdenes en los trenes militares. No en todas partes
marchaban las cosas tan mal. Pero por dondequiera que se tendiese
la vista, la impresión era la misma: desmoronamiento.
A esto venía a añadirse ahora
la sacudida de la revolución. La guarnición de Petrogrado
no sólo se sublevó sin el concurso de la oficialidad,
sino incluso contra ella. En los momentos críticos, los
jefes no sabían cosa mejor que esconderse. El 27 de febrero,
el diputado octubrista Schidlovski se puso al habla con los oficiales
del regimiento de Preobrajenski con el fin, por lo visto, de pulsar
su actitud frente a la Duma, pero halló entre los aristócratas
de la Guardia una completa incomprensión de lo que ocurría
-tal vez, dicho sea de paso, más fingida que real, pues
no hay que olvidar que se trataba de monárquicos asustados-.
«¡Cuál sería mi asombro -cuenta Schidlovski-
cuando, al día siguiente por la mañana, vi en la
calle formado a todo el regimiento de Preobrajenski marchando
en un orden perfecto, con la música al frente y sin un
solo oficial!» Hubo algunos regimientos que se presentaron
en el palacio de Táurida con sus jefes, aunque más
exacto sería decir que los arrastraron consigo. Los oficiales
se sentían como prisioneros en aquellas manifestaciones
de entusiasmo. La condesa de Kleinmichel, que observaba estas
escenas en calidad de detenida, se expresaba de un modo más
concreto: «Los oficiales parecían ovejas conducidas
al matadero.»
La revolución de Febrero no creó
el divorcio entre los soldados y los oficiales: no hizo más
que exteriorizarlo. En la conciencia de los soldados, la sublevación
contra la monarquía era, ante todo y sobre todo, la sublevación
contra el mando. «Desde la mañana del 28 de febrero
-recuerda el kadete Nabokov, que vestía aquellos días
el uniforme de oficial- era peligroso salir a la calle, pues ya
empezaban a arrancar las charreteras a los oficiales.» He
aquí la faz que presentaba el primer día del nuevo
régimen en la guarnición.
De lo primero que se preocupó el Comité
ejecutivo fue de reconciliar a los soldados con los oficiales.
O dicho en otros términos, de someter los regimientos a
sus jefes anteriores. El retorno de los oficiales a los regimientos
tendía, según Sujánov, a preservar al ejército
de «la anarquía general, a la dictadura de la soldadesca
ignorante». Los que infundían pánico a estos
revolucionarios, lo mismo que a los liberales, no eran, como se
ve, los oficiales, sino los soldados. Sin embargo, donde los obreros
y la «soldadesca ignorante» veían el peligro
era, precisamente, en la brillante oficialidad. La reconciliación
no podía ser, pues, duradera.
Stankievich describe del modo siguiente la
actitud de los soldados ante los oficiales que volvían
a los cuarteles, después de la revolución: «Los
soldados, al violar la disciplina y al salir de los cuarteles,
no sólo sin los oficiales, sino... en muchos casos contra
los mismos, llegando incluso a matarlos por cumplir con su deber,
creían realizar un gran acto de emancipación. Si
era así, como la misma oficialidad sostiene, ¿por
qué no sacó a los soldados a la calle, puesto que
esto era lo más fácil y menos peligroso? Ahora,
después de la victoria, la oficialidad se ha adherido a
la hazaña. Pero, ¿lo ha hecho sinceramente y con carácter
estable?» Estas palabras son tanto más elocuentes
cuanto que su propio autor se contaba entre esos oficiales de
«izquierda» a los que ni siquiera se les pasó
por las mientes echar a la calle a sus soldados.
El día 28, por la mañana, el
comandante de un regimiento de Ingenieros decía a sus soldados,
en la avenida de Sampsonievski, que «el gobierno odiado por
todos había sido derribado», que se había formado
otro presidido por el príncipe Lvov y que era preciso que
los soldados siguieran obedeciendo a los oficiales. «Y ahora,
¡todo el mundo a los cuarteles!» Algunos soldados gritaron:
«Así lo haremos.» La mayoría estaba desconcertada:
«¿Y esto era todo?» Kajurov, que observaba casualmente
esta escena, se indignó. «Permítame usted una
palabra, señor comandante...», y, sin esperar la venia,
dijo: «¿Es que acaso ha corrido en las calles de Petrogrado
la sangre de los obreros durante todos estos días para
reemplazar a un terrateniente por otro?» También aquí
Kajurov daba en el blanco. En torno a esta cuestión planteada
por él había de girar la lucha en los meses siguientes.
La enemiga entre soldados y oficiales no era más que el
reflejo de la hostilidad entre el campesino y el terrateniente.
En provincias, los comandantes, que por lo
visto habían tenido ya tiempo de recibir instrucciones,
describían los sucesos con sujeción a un esquema
único: «El monarca, agotado por sus esfuerzos en favor
del país, se ha visto obligado a transmitir la carga del
poder a su hermano(!).» En los rostros de los soldados -se
lamenta uno de los oficiales desde un rincón de Crimea-
se veía que pensaban: «Nicolai o Mijail, ¿qué
más da?» Pero cuando este mismo oficial se vio obligado
a comunicar a su batallón, al día siguiente por
la mañana, el triunfo de la revolución, los soldados,
según sus propias palabras, se transfiguraron. Sus preguntas,
sus gestos, sus miradas, atestiguaban «una labor prolongada
y tenaz que alguien realizaba en aquellos cerebros ignorantes,
grises, no acostumbrados que alguien realizaba en aquellos cerebros
ignorantes, grises, no acostumbrados a pensar.» ¡Qué
abismo entre el oficial, cuyo cerebro se adapta sin esfuerzo al
último telegrama recibido de Petrogrado y aquellos soldados
que, trabajosa, pero honradamente, definen su actitud ante los
acontecimientos, sopesándolos por cuenta propia en sus
toscas manos!
El alto mando, al mismo tiempo que aceptaba
formalmente la revolución, decidía no dejarla llegar
al frente. El jefe del Cuartel general dio orden a los generalísimos
de los frentes para que, en caso de que se presentaran en sus
territorios delegaciones revolucionarias, delegaciones que el
general Alexéiev, en gracia sin duda a la brevedad, calificaba
de pandillas, fueran inmediatamente detenidas y juzgadas en Consejo
de guerra sumarísimo. Al día siguiente, este mismo
general, en nombre de «Su Alteza» el gran duque Nikolai
Nikolaievich, exigía del gobierno que «pusiese fin
a todo lo que ocurre actualmente en las regiones del interior»;
dicho en otros términos, que pusiese fin a la revolución.
El mano no se apresuraba a dar al ejército
cuenta de la revolución, no tanto por fidelidad a la monarquía
como por miedo de aquélla. En algunos frentes se estableció
un verdadero sistema de cuarentena: no se dejaban pasar las cartas
de Petrogrado, se retenía a los recién llegados;
con estos ardides, el viejo régimen robaba algunos días
a la eternidad. La noticia de la revolución no llegó
a la línea de combate hasta el 5 o 6 de marzo. Y ¿en
qué forma? Poco más o menos, lo sabemos ya: el gran
duque ha sido nombrado generalísimo, el zar ha abdicado
en aras de la patria, y lo demás sigue como antes. En muchas
trincheras, acaso la mayoría, las noticias de la revolución
las transmitían los alemanes antes de que llegaran de Petrogrado.
¿Podían dudar los soldados de que los jefe se habían
puesto de acuerdo para ocultar la verdad? ¿Y podían
dar el menor crédito a aquellos oficiales que, dos o tres
días después, aparecían ante ellos adornados
con cintas rojas?
El jefe del estado mayor de la escuadra del
Mar Negro, cuenta que la noticia de los acontecimientos de Petrogrado
no ejerció, en un principio, una influencia visible sobre
los marineros. Pero tan pronto como llegaron de la capital los
periódicos socialistas, «el estado del espíritu
de la tripulación se transformó en un instante,
empezaron los mítines y no se sabe por qué resquicios
aparecieron un tropel de agitadores criminales». El almirante
no se daba cuenta, sencillamente, de lo que estaba ocurriendo
ante sus ojos. No es que los periódicos determinaran el
cambio de estado de espíritu; lo que ocurría era
que disipaban las dudas de los marineros respecto al alcance de
la revolución, y les permitían manifestar abiertamente
sus verdaderos sentimientos sin miedo a ser víctimas de
represalias por parte de sus jefes. Este mismo autor a que nos
referimos, caracteriza con una frase la fisonomía política
de la oficialidad del mar Negro, y, por consiguiente, la suya
propia: «La mayoría de los oficiales de la escuadra
estaba persuadida de que, sin zar, la patria se hundiría.»
Por su parte, los demócratas estaban firmemente convencidos
de que la patria estaba perdida, si esta magnífica oficialidad
no retornaba al lado de los «ignorantes marineros».
El mando del ejército y de la armada
no tardó en dividirse en dos alas: unos, intentaban mantenerse
en sus puestos plegándose a la revolución y afiliándose
al partido de los socialrevolucionarios; posteriormente, parte
de ellos, intentó incluso deslizarse en las filas del partido
bolchevique. Otros, por el contrario, adoptaban una actitud de
soberbia, intentaban oponer resistencia al nuevo orden de cosas;
pero pronto se veían metidos en algún conflicto
agudo y eran arrastrados por la avalancha de los soldados. Estas
estratificaciones son tan naturales, que en todas las revoluciones
se dan. Los oficiales intransigentes de la monarquía francesa,
aquellos que, según las palabras de uno de ellos, «lucharon
mientras pudieron», sufrían menos viendo la insubordinación
de los soldados que contemplando el servilismo de sus colegas
ante el nuevo poder. En fin de cuentas, la mayoría del
viejo mando quedó eliminada, aplastada, y sólo una
pequeña parte se reajustó y asimiló al nuevo
estado de cosas. La oficialidad compartía, en una forma
más dramática, la suerte de las clases de que se
reclutaba.
El ejército es, en general, una copia
de la sociedad a la cual sirve, con la diferencia de que da un
carácter concentrado a las relaciones sociales, llevando
sus rasgos positivos y negativos hasta su límite máximo
de expresión. Se explica perfectamente que en Rusia, la
guerra no diera ni un solo prestigio militar. El alto mando ha
sido caracterizado con suficiente elocuencia por uno de los de
su casta: «Muchas aventuras, mucha ignorancia, mucho egoísmo,
intrigas, arribismo, codicia, ineptitud y estrechez de horizontes
-dice el general Zaleski- y muy pocos conocimientos y talentos,
ningún deseo de correr riesgos o de poner en peligro la
comodidad y la salud.» Nikolai Nikolaievich, primer generalísimo,
se distinguía únicamente por su elevada estatura
y su grosería augustísima. El general Alexéiev,
antiguo escribiente del ejército, era una mediocridad gris,
que si sabía algo era a fuerza de aplicación; a
Kornílov, que era un jefe militar, valiente, incluso sus
devotos le consideraban como a un hombre de cortos alcances; Verjovksi,
ministro de la Guerra de Kerenski, hablando más tarde de
Kornílov, decía que era un hombre con corazón
de león y cabeza de carnero. Brusílov y el almirante
Kolchak eran sólo un poco más inteligentes que los
otros, un poquito nada más. Denikin no carecía de
carácter, pero, en lo demás, era un general completamente
ordinario que habría leído cinco o seis libros en
toda su vida. Y después venían ya los Yudenich,
los Dragomirov, o los Lukomski, que no se distinguían unos
de otros más que por saber francés o no saberlo,
por beber poco o beber mucho, pues en lo demás eran todos
unas perfectas nulidades.
Hay que decir que en el cuerpo de oficiales
hallaba cumplida representación, no sólo la Rusia
aristocrática, sino también la burguesa y la democrática.
La guerra derramó en las filas del ejército a docenas
de miles de pequeños burgueses bajo la forma de oficiales,
funcionarios militares, médicos e ingenieros. Estos elementos,
que casi todos sin excepción sostenían la necesidad
de proseguir la guerra hasta el triunfo final, sentían
la necesidad de ciertas medidas amplias, pero acababan siempre
sometiéndose a los elementos reaccionarios de arriba, bajo
el zarismo, por miedo, y, después de la revolución,
por convicción, del mismo modo que en el interior la democracia
se sometía a la burguesía. Los elementos colaboracionistas
de la oficialidad compartieron luego la suerte infortunada de
los partidos conciliadores, con la diferencia de que en el frente
la situación revestía formas incomparablemente más
agudas. En el Comité ejecutivo cabía mantenerse
en una actitud equívoca durante mucho tiempo; ante los
soldados, era más difícil.
Los rozamientos y la enemistad entre los
oficiales demócratas y aristocráticos, incapaces
todos ellos de renovar el ejército, no hacían más
que introducir en él un elemento más de descomposición.
La fisonomía del ejército había sido trazada
por la vieja Rusia, y era feudal hasta la médula. Los oficiales
seguían teniendo por el mejor soldado al mucho campesino
sumiso, que no razonaba, y en el cual no había despertado
aún la conciencia de la personalidad humana. Era la tradición
«nacional» imbuida por Suvórov al ejército
ruso, y que tenía sus raíces en el primitivo régimen
agrario, en la servidumbre de la gleba y en la comuna rural. En
el siglo XVIII, Suvórov hizo milagros con este material.
Tolstoy idealizó en su Platon Karataiev de La guerra
y la paz, con un cariño de gran señor, el viejo
tipo de soldado ruso que se sometía sin rechistar a la
naturaleza, la arbitrariedad y la muerte. La Revolución
Francesa, que abrió las puertas a aquella magnífica
irrupción del individualismo en todas las esferas de la
actividad humana, liquidó el arte militar de Suvórov.
En el transcurso del siglo XIX, lo mismo que en el XX, n todo
el espacio de tiempo comprendido entre la Revolución Francesa
y la rusa, el ejército zarista fue invariablemente derrotado,
gracias a sus características de ejército servil.
El mando formado sobre aquélla «base nacional»,
se distinguía por su desprecio hacia la personalidad del
soldado, por su espíritu de mandarinato pasivo, de ignorancia
del oficio, de completa ausencia de heroísmo y de manifiesta
rapacidad. El imperio de la oficialidad se mantenía en
los signos exteriores de distinción, en el ritual de la
graduación, en el sistema de represiones y hasta en un
lenguaje convencional especial, lleno de expresiones de esclavitud:
«A la orden de usía, mi capitán», y otras
semejantes que el soldado tenía que emplear cuando hablaba,
cuadrado, con sus oficiales.
Al aceptar la revolución de labios
afuera y presta juramento de fidelidad al nuevo gobierno, los
mariscales zaristas hicieron recaer, sencillamente, sobre la dinastía
derrumbada, sus propios pecados, accediendo misericordiosamente
a que Nicolás II fuera declarado responsable por todo el
pasado. Pero ¡ni un paso más adelante! ¿Cómo
iban ellos a comprender que la esencia moral de la revolución
consistía en dar un alma a aquella masa humana, en cuya
inmovilidad espiritual se basaba su bienestar? Denikin, nombrado
comandante del frente, declaraba en Minsk: «Acepto entera
incondicionalmente la revolución, pero entiendo que sería
ruinoso para el país revolucionar al ejército e
introducir en él la demagogia.» ¡Fórmula
clásica de la estulticia generalesca! En cuanto a los generales
de filas, según la expresión de Zaleski, no exigían
más que una cosa: «¡Dejadnos tranquilos; lo demás
nos tiene sin cuidado!» Pero no, la revolución no
podía dejarles tranquilos. Procedentes de las clases privilegiadas,
estos hombres no podían ganar nada y, en cambio, podían
perder mucho. Se veían amenazados con perder no sólo
los privilegios del mando, sino también la propiedad de
sus tierras. Bajo el manto de lealtad hacia el gobierno provisional,
la oficialidad reaccionaria sostuvo una lucha encarnizadísima
contra los soviets. Cuando se persuadió de que la revolución
penetraba irresistiblemente en las masas de soldados y en las
aldeas, vio en ello una perfidia inaudita de Kerenski, Miliukov
y aun Rodzianko, y no digamos de los bolcheviques.
Las condiciones de vida de la Marina llevaban
aparejados, en mayor grado aún que las del ejército
de tierra, gérmenes vivos de guerra civil. La vida de los
marineros en aquellas cárceles de acero donde les encerraban
por la fuerza durante varios años, no se distinguía
gran cosa, incluso desde el punto de vista de la alimentación,
de la vida de los presidiarios. A su lado, vivía la oficialidad,
procedente en su mayoría de los sectores privilegiados,
que escogía el servicio marítimo voluntariamente,
por vocación, identificaba la patria con el zar y a éste
con él, y entendía que el marinero era la parte
más deleznable en un barco de guerra. Dos mundos extraños
que convivían en estrecho contacto, sin perderse nunca
de vista. Los buques de la escuadra tenían su base en las
ciudades industriales de la costa, pues necesitaban de gran número
de obreros para su construcción y reparación. Además,
en los mismos buques, en la sección de máquinas
y los servicios técnicos, navegaban no pocos obreros calificados.
Tales eran las condiciones que convertían a la escuadra
en una mina revolucionaria. En las revoluciones y sublevaciones
militares de todos los países, los marineros han representado
siempre la materia más explosiva; casi siempre, tan pronto
se les brinda ocasión propicia, se apresuran a liquidar
severamente sus cuentas con la oficialidad. Los marineros rusos
no constituyeron una excepción.
En Kronstadt, la revolución encendió
la mecha a una explosión de sangrienta venganza contra
la oficialidad, la cual, horrorizada de su propio pasado, intentaba
ocultar a los marineros la revolución. Una de las primeras
víctimas que cayó fue el comandante de la escuadra,
almirante Viren, blanco de un odio muy merecido. Parte del mando
fue detenida por los marineros. A los oficiales dejados en libertad
les fueron quitadas las armas.
En Helsingfors y Sveaborg, el almirante Nepenin
no dejó llegar ninguna noticia del Petrogrado alzado en
armas hasta la noche del 4 de marzo, intimidando a los marineros
y soldados con represiones. Razón de más para que
la sublevación tomase aquí un carácter más
encarnizado, prolongándose un día y una noche. Muchos
oficiales fueron detenidos. Los más odiados fueron arrojados
bajo el hielo. «A juzgar por el relato de Skobelev sobre
la conducta de las autoridades de Helsingfors y de la escuadra
-dice Sujánov, que peca de todo menos de benevolencia hacia
la soldadesca ignorante-, sólo hay que extrañarse
de que estos excesos fueran tan poco considerables.»
Tampoco entre las fuerzas de tierra pudieron
evitarse las represalias sangrientas. En un principio, eran una
venganza por el pasado, por el constante abofeteamiento de los
reclutas por los oficiales. No faltaban recuerdos dolorosos como
llagas. Desde 1915, había sido oficialmente introducido
en el ejército zarista el azote con vergas como castigo
disciplinario. Los oficiales azotaban a discreción a los
soldados, que eran no pocas veces padres de familia. Pero no siempre
se trataba de vengarse del pasado. En la asamblea de los soviets,
el ponente encargado de informar sobre el problema del ejército
comunicó que aun en los días 16 y 17 de marzo se
aplicaban en el ejército castigos corporales contra los
soldados. Un diputado de la Duma contaba, a su regreso del frente,
que los cosacos, en ausencia de los oficiales, le habían
declarado: «Dice usted que hay un decreto (por lo visto se
refiere al famoso «decreto número 1», del cual
se hablará más adelante). Se recibió ayer;
pero hoy el comandante me ha abofeteado.» Los bolcheviques
iban al frente con tanta frecuencia como los colaboracionista,
para evitar que los soldados cometiesen excesos. Pero las venganzas
sangrientas eran tan inevitables como lo es el culatazo después
del disparo. Desde luego, los liberales no tenían motivo
alguno para calificar de incruenta la revolución de Febrero,
como no fuera el de haberles regalado el poder.
Algunos oficiales provocaban conflictos agudos
con motivo de las cintas rojas, que eran, a los ojos de los soldados,
un símbolo de la ruptura con el pasado. Con motivo de uno
de estos disturbios, fue muerto el comandante del regimiento de
Sumski. Un comandante del cuerpo de ejército que exigió
a las fuerzas de refresco que acababan de llegar que se quitaran
las cintas rojas, fue detenido por los soldados. También
se produjeron no pocos choques a causa de los retratos del zar,
que seguían colgados en los cuartos de banderas. ¿Se
trataba de rendir un homenaje de fidelidad a la monarquía?
No; en la mayoría de los casos no era más que falta
de confianza en la estabilidad de la revolución y una especie
de seguro peatonal. Pero los soldados, no sin motivo, veían
acechar detrás de aquellos retratos el espectro del antiguo
régimen.
El nuevo régimen no fue implantado
en el ejército por medio de medidas reflexivas aplicadas
desde arriba, sino por movimientos impulsivos desde abajo. La
autoridad disciplinaria de los oficiales no fue abolida, sino
que se hundió sencillamente por sí misma en las
primeras semanas de marzo. «Era evidente -dice el jefe del
Estado Mayor del mar Negro- que si un oficial hubiera intentado
imponer una sanción disciplinaria al marinero, no habría
tenido fuerzas para llevar a la práctica el castigo.»
En esto consiste uno de los signos de la revolución verdaderamente
popular.
Al desaparecer la autoridad disciplinaria,
se puso de manifiesto la incapacidad práctica de la oficialidad.
Stankievich, al cual no se puede negar ni espíritu de observación
ni interés por los asuntos militares, da una opinión
aniquiladora sobre el mando, en este respecto: la instrucción
seguía haciéndose con sujección a los viejos
reglamentos, que no respondían en lo más mínimo
a las necesidades de la guerra. «Estos ejercicios no servían
más que para someter a prueba la paciencia y la sumisión
de los soldados.» Huelga decir que la oficialidad se esforzaba
en hacer recaer sobre la revolución las culpas de su propia
incapacidad.
Los soldados, rápidos en la represalia
cruel, propendían asimismo a la credulidad infantil y a
la gratitud incondicional. Por un momento muy breve, los soldados
del frente vieron en el cura Filonenko, diputado liberal, el depositario
de las ideas de emancipación, algo así como el pastor
de la revolución. Las viejas ceremonias religiosas se unían
estrambóticamente con la nueva fe. Los soldados levantaban
al cura en sus brazos, lo instalaban celosamente en el trineo,
y el cura contaba después en la Duma con entusiasmo: «No
acabábamos nunca de separarnos, y, al marcharme, me besaban
las manos y los pies.» A aquel diputado de sotana le parecía
que la Duma tenía un inmenso prestigio en el frente. En
realidad, la que lo tenía era la revolución, que
proyectaba su brillo deslumbrador sobre algunas figuras sin importancia.
La depuración simbólica realizada
por Guchkov en el ejército -destitución de algunas
docenas de generales- no dio la menor satisfacción a los
soldados, y, en cambio, sembró un estado de inquietud en
la alta oficialidad. Todo el mundo temía verse separado,
la mayoría seguía la corriente, se adaptaba y apretaba
el puño dentro del bolsillo. La situación era aún
peor en lo tocante a la baja y mediana oficialidad, que se hallaba
en contacto directo con los soldados. Aquí, el gobierno
no hizo limpia alguna. Buscando caminos legales, los artilleros
de una batería del frente escribían al Comité
ejecutivo y a la Duma nacional, a propósito de su comandante:
«Hermanos..., os pedimos humildemente que nos libréis
de nuestro enemigo Vanchejaus.» Como no recibieran contestación,
los soldados empezaban generalmente a obrar por su cuenta, valiéndose
de sus propios medios: insubordinación, separación
e incluso detención. Sólo entonces las autoridades
se decidían a intervenir, separaban del ejército
a los detenidos o apaleados, intentando a veces castigar a los
soldados, pero dejándoles en la mayor parte de los casos
impunes, para no complicar más las cosas. Esto creaba una
situación insoportable para la oficialidad, sin aclarar
por ello en nada la situación de los soldados.
Muchos oficiales combativos, que tomaban
en serio la suerte del ejército, insistían en la
necesidad de hacer una limpia general de mando: según ellos,
sin esto no se podía ni siquiera pensar en restablecer
la capacidad combativa del ejército. Los soldados presentaban
a los diputados de la Duma argumentos no menos convincente. Antes,
cuando se sentían ofendidos, tenían que dirigirse
a unos superiores que, habitualmente, no hacían caso alguno
de sus quejas. ¿Y ahora? Si los superiores siguen siendo
los mismos de antes, la suerte que sigan sus reclamaciones serán
la misma. «Era muy difícil contestar a esta pregunta»
-reconoce un diputado-. Eta cuestión tan simple atañía
a todo el destino del ejército y predeterminaba su porvenir.
No vayamos a creer que las relaciones dentro
del ejército eran las mismas en toda la extensión
del país, en todas las armas y en todos los regimientos.
No, reinaba una heterogeneidad muy considerable. Si los marineros
de la escuadra del Báltico acogieron las primeras noticias
de la revolución tomando represalias contra los oficiales,
allí, al lado mismo, en la guarnición de Helsingfors,
los oficiales seguían ocupando todavía a principios
de abril puestos dirigentes en el soviet de soldados, y, en las
grandes solemnidades, hablaba en nombre de los socialistas revolucionarios
un imponente general. Estos contrastes de odio y credulidad abundaban
no poco. Pero así y todo, el ejército seguía
siendo algo así como un sistema de vasos comunicantes,
y el estado de espíritu político de los soldados
y marineros tendía a alcanzar el mismo nivel.
La disciplina fue manteniéndose mal
o bien mientras los soldados confiaban en la implantación
de medidas prontas y decididas. «Pero cuando los soldados
vieron -según cuenta un delgado del frente- que todo seguía
como antes, que persistían el mismo yugo, la misma esclavitud,
la misma ignorancia y el mismo escarnio, empezaron los desórdenes.»
La naturaleza, a la cual no se le ha ocurrido armar de jorobas
a una gran parte de la humanidad, tuvo, en cambio, la ocurrencia
de dotar de sistema nervioso a los soldados. Las revoluciones
vienen a recordar, de tarde en tarde, este doble descuido de la
naturaleza.
Tanto en el interior como en el frente, cualquier bagatela desencadenaba fácilmente un conflicto. Se había concedido a los soldados derecho a frecuentar libremente «igual que todos los ciudadanos», los teatros, mítines, conciertos, etc. Muchos soldados interpretaban esta disposición como el derecho de asistencia gratuita a los teatros. El ministro les explicaba que había que interpretar la «libertad» en un sentido teórico. Pero las masas populares sublevadas no han manifestado nunca una gran inclinación hacia el platonismo ni hacia el kantianismo.